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El boom de las family offices: cómo invierten su fortuna los más ricos del mundo

Comparado con la mayoría de los administradores de fondos, las oficinas familiares tienen hábitos positivos, incluyendo un horizonte de más largo plazo y un apetito por las startups.

Cuando se piensa en los niveles superiores del negocio de la administración de fondos, la imagen que viene a la mente es de imponentes bancos privados en Ginebra o Mayfair en Londres, con entradas de mármol y salas de reunión con aires de casa de campo, diseñadas para hacer sentirse cómodos a sus clientes superricos. Pero la imagen está atrasada. Una más precisa sería la de cientos de oficinas privadas de vidrio en California y Singapur que invierten en bonos canadienses, propiedades inmuebles europeas y startups chinas.

Las finanzas globales se están transformando, a medida que los multimillonarios se hacen más ricos y eliminan a los intermediarios, creando sus propias family offices, firmas de inversión personales que recorren los mercados globales en busca de oportunidades. Con muy bajo perfil, las family offices se han vuelto una potencia en las inversiones, con hasta US$4 billones en activos, es decir, más que los fondos de alto riesgo y una suma equivalente al 6% del valor de las bolsas del mundo.

El concepto de family office no es para nada nuevo. John D. Rockefeller creó su vehículo de inversión familiar en 1882. Pero la cantidad ha aumentado explosivamente en este siglo. Hay entre 5000 y 10.000 en Estados Unidos y Europa y en centros asiáticos como Singapur y Hong Kong. Si bien su principal tarea es manejar activos financieros, las mayores plataformas de inversión familiares, algunas con cientos de empleados, realizan todo tipo de tareas diferentes, desde trabajo impositivo y legal hasta actuar como mayordomos potenciados que alquilan jets y miman mascotas.

El costo de traer estos empleados expertos significa que por lo general solo tiene sentido para quienes cuentan con más de US$100 millones, es decir, el 0,001% más rico del mundo. Magnates asiáticos como Jack Ma, de Alibaba, han creado sus propios feudos. Las family offices occidentales más grandes, como la que armó George Soros, supervisan decenas de miles de millones y son tan poderosas como las firmas de Wall Street.

Cada boom de inversiones refleja la sociedad que lo generó. El humilde fondo mutuo maduró en los 70, luego de dos décadas de prosperidad de la clase media en EE.UU. El auge de las family offices refleja la desigualdad en ascenso. Desde 1980 la proporción de la riqueza del mundo que es propiedad del 0,01% más rico pasó del 3% al 8 por ciento.

Es improbable que estas tendencias se desvanezcan, como explica nuestro informe. El número de multimillonarios con US$1000 millones o más aún está creciendo: 199 novatos alcanzaron ese nivel el año pasado. Por tanto, parece probable que aumente el peso de las family offices en el sistema financiero. Al hacerlo, las objeciones a este tipo de modelo de inversión aumentarán exponencialmente. El argumento más obvio es el menos convincente: que las family offices han creado la desigualdad. Son su consecuencia, no su causa. Aun así, hay problemas y hay uno en particular por el que se justifica preocuparse.

El primer problemas es que estas plataformas de inversión podrían poner en peligro la estabilidad del sistema financiero. Combinar gente muy rica, opacidad y mercados puede ser explosivo. Itcm, un fondo de alto riesgo de US$100.000 millones con respaldo de los superricos, estalló en 1988, casi derrumbando Wall Street. Gran cantidad de gente rica se vio entrampada en un esquema de Ponzi conducido por Bernie Madoff que colapsó en 2008. Aun así, y como están las cosas, las family offices no se ven como el próximo desastre pronto a suceder. Tienen deuda equivalente al 17% de sus activos, lo que las ubica entre los participantes menos apalancados de los mercados globales. Vistas en conjunto, incluso pueden ser un factor de estabilización. Sus fondos por lo general se invierten a plazos de décadas, lo que los hace mucho menos vulnerables a pánicos que los bancos y muchos fondos de alto riesgo.

La segunda preocupación es que las family offices podrían magnificar el poder de los ricos sobre las economías. Esto es posible: si Bill Gates invirtiera exclusivamente en Turquía, tendría el 65% de la bolsa turca. Pero el objetivo por lo general es diversificar el riesgo, no concentrar poder, tomando capital del negocio original de la familia y poniéndolo en una cartera ampliamente diseminada. El sector de la oficina familiar está menos concentrado que el de las principales administraciones de activos, dominado por unas pocas firmas, tales como BlackRock.